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El olvido

alquibla
Tiene más de 48 horas, ya no compite por la portada.

Esta palabra es de color negro. No puedo evitarlo. Cada vez que pronuncio la palabra olvido todo se me vuelve negro, es como si un eclipse de luz o de la razón se me echara encima y no me dejara ver. Siempre la misma pregunta ¿qué es el olvido?. Puede ser ese hombre que vi desaparecer de la cubierta de mi barco después de un golpe de mar cruel y certero y cuya existencia se borró para siempre. Quizás la línea de espuma que se forma en la zona de mareas de la playa y que lentamente desaparece para no existir nunca más. O también esa niebla que hay dentro de ti y que enmascara lo que no quieres ver ni recordar para que no te haga daño.

Si piensas que el olvido es un buen compañero de travesía, estás en un error. Le encanta echar sal en las heridas y nos acuchilla por la espalda en la oscuridad de la noche. Está esperando que aparezca algo que traiga luz a nuestra vida para reírse mostrando sus dientes podridos al notar la cuchillada que nos devuelve otra vez el dolor que creíamos olvidado. Parece que el tiempo todo lo borra, pero no es más que un engaño para confiarnos y que la dentellada sea más fuerte y nos dure más . Se alimenta del dolor y crece cuanto más grande es el daño que causa, quiere ser un gigante y necesita tu dolor y el mío para que pueda progresar.

Pero no podemos dejarnos vencer por este cruel enemigo, hay que aprender a vivir con las cosas que nos duelen y apreciar las que nos hacer sentir. Nada ni nadie borrará lo que está oculto en lo más profundo de nuestro espíritu pero podemos plantar cara al olvido con el presente. Merece la pena levantarse después de la caída, aunque siempre exista el riesgo de volver a caer, por que un segundo de sentimiento en estado puro limpia un milenio de dolor, el roce de unos labios o el arabesco sutil de una caricia puede activar un corazón helado y lanzarnos a la maravillosa aventura de descubrir qué hay detrás de la palabra juntos.

No dejes que el olvido te domine, enfréntate a él con valentía. Le horrorizan las personas valientes y que estén dispuestas a arriesgarse a sentir. Es un cobarde que solamente sabe vivir de la soledad y del dolor de los que sufren. Tiene forma de ballena blanca y se abalanza sobre ti furiosamente con la boca abierta mostrando sus enormes dientes que huelen a muerte y destrucción. Pero esta vez es distinta. Estoy en la proa con mi arpón afilado y bautizado por mi propia sangre para que cuando se clave en su enorme cuerpo le destruya. El monstruo blanco no te vencerá por que le arponearé una y otra vez hasta que caiga inerte y te deje avanzar hacia donde quieras ir.

Es la hora de plantar cara, no ignores al olvido, rétale y espera que surja del abismo, esta vez será diferente le espera alquibla y no retrocederé pase lo que pase.

Recuérdalo soy alquibla el navegante y vivo en el rumbo Este.

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El olor de la tormenta

alquibla
Tiene más de 48 horas, ya no compite por la portada.
Deberas recoger en tu pequeño helicoptero los objetos que te señalan es muy entretenido y de mucha habilidad.





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El Nilo Eterno

alquibla
Tiene más de 48 horas, ya no compite por la portada.

Navegar por el río Nilo a vela es la mejor lección de historia que uno puede recibir. No se trata de ver monumentos si no de dejarse emborrachar por todas las sensaciones que te caen encima si te abandonas al noble arte de la navegación. Las orillas fértiles cargadas de vegetación y vida en ebullición parecen dibujadas por un ciclópeo pintor que quiere que destaquen sobre las cercanas dunas ocres y rojizas que se extienden hasta algún punto que es imposible alcanzar. Ver a las personas en la orillas tumbadas a la sombra de un precario toldo de hoja de palma con gesto indolente viendo pasar el curso del agua tan rápido como su vida y sus sueños, o a los búfalos de agua pastar en islotes cargados de hierba y plantas de decenas de especies, o a la garza posada en una roca mirándote con la suficiencia que da el poder pasarse hora tras hora en ese mismo punto contemplando el movimiento de los astros y de los peces, o a un grupo de niños jugando en el efímero campo de juegos que les regala el río cuando decrecen sus aguas y deja asomar una pequeña isla de limo oscuro y fértil, o cruzarse con ese bote cargado de redes enmarañadas en el que un pescador con más de 3.000 años a sus espaldas te saluda con el cansancio del portador de la historia de la Humanidad, todo esto lo recibes poco a poco pero sin pausa. Es como si estuvieras contemplando una lección de Historia Antigua en directo, de manera lenta pero continua, sin pausas y sin treguas. Se cortará cuando amarres tu barco en el próximo embarcadero y continuará en cuanto el viento vuelva a hinchar tu vela bizantina y te aventures en la orgía de sensaciones que el río te regala si te atreves a dejarte abrazar por sus aguas.

 

Cuantas más veces repitas la experiencia, más veces tendrás la sensación que los personajes cambian, el trozo de vida que contemplas también, pero hay algo común a todos los momentos vividos que siempre aparece. Es la sensación de ver pasar toda la historia del mundo delante de ti, reflejada en personas, animales, plantas o cosas que te transmiten más que cualquier palabra que pudiéramos emitir. No hay sensaciones tan buenas como esa que tienes cuando te dejas arrastrar por la laxitud espiritual con la que te emponzoña mi querido río.

 

Todo fluye y nada queda, pero el fugaz momento en el que vivimos el encuentro con algo que nos parece durará toda la vida es tan agradable que merece la pena vivirlo u olvidarlo como si hubiera ocupado toda nuestra vida. Somos pobres seres orgánicos alimentados de sensaciones que tienen efímera duración pero que en nuestra escala temporal nos parecen duraderas, pero no son más que las escenas que contemplamos desde nuestra faluqua surcando el Nilo sin prisa, sin destino ni fin solamente dejando que curso del río eterno nos lleve a donde quiera. No hay nada mejor para esperar ese fin que nunca llega y me saque de esta eterna maldición.

 

No lo olvides soy alquibla el navegante, el que sabe el camino de regreso a casa aunque nunca quiera regresar.

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La línea del horizonte

alquibla
Tiene más de 48 horas, ya no compite por la portada.

Cuando era niño me encantaba sentarme en la playa en las interminables tardes mediterráneas y contemplar la línea del horizonte. Pensaba que al día siguiente nadaría hasta llegar a esa frontera que anunciaba un mundo misterioso, oculto y seguramente lleno de emociones y tesoros. Día tras día me levantaba con la secreta esperanza de tener la fuerza suficiente para nadar hasta mi paraíso perdido, pero nunca llegaba y más de una vez me costó algún susto al no tener fuerzas para regresar a la segura y cálida arena de la playa.

 

Creo que lo intenté cientos de veces y el resultado siempre fue el mismo, frustración por el fracaso de mi viaje y la eterna sensación de algo inacabado. Pero al llegar la tarde plena de luz dorada del Mediterráneo, tenía muy claro que la aventura era factible y solamente había fallado mi determinación, por lo que volvería a intentarlo una vez más. Esto continuó muchos años, hasta que comprendí que la línea del horizonte era cambiante y no se alcanzaba de cualquier manera. No es que abandonase la idea, simplemente cambié la estrategia.

 

Muchos años después, al dar la vuelta al Cabo de Hornos, supe que había llegado a la línea del horizonte. Creo que nadie de la tripulación del barco se percató del asunto, pero pude ver claramente en las cartas de navegación, que había llegado a la mítica línea y por fin llegaba al territorio virgen de mis sueños.

 

Busqué con la mirada tierras ignotas con seres extraños y portentosos paisajes, pero no aparecían. Miré al cielo por si las fantásticas ínsulas que imaginé estuvieran suspendidas e ingrávidas esperando que las descubriera, pero solamente había un cielo despejado y sin rastro de nada extraño. Me arrojé al agua tratando de localizar el paraíso submarino que seguro escondían las olas, pero a punto de estallar mis pulmones comprendí que no había nada allí.

 

Regresé a tierra y esta vez acongojado por el peso de la constatación de que mi querido horizonte no escondía nada de lo que esperaba desde mi niñez. La espera había sido muy larga y la decepción todavía más grande, pero lo peor de todo era la sensación de vacío que tenía.

 

He recorrido miles de millas náuticas desde aquel desgraciado momento y he visto cosas que están a caballo entre el mundo real y el de los sueños, pero nada comparable al cuadro que contemple en un tugurio de Belice. Representaba un inmenso océano con una nítida línea del horizonte que dejaba entrever una tierra nebulosa que me puso la carne de gallina. Aquella era la tierra inexplorada que buscaba desde siempre y que no encontraba desde nunca.

 

Intenté comprar el cuadro al mulato que regentaba el garito y no se venía a razones por más que le ofrecía, así que tuve que hacerme con la ayuda de mi amigo Queequeg que con sus grandes dotes de arponero le convenció para que aceptase mi dinero para no sufrir ningún quebranto en su salud. El lugareño me dijo que enloquecería por ese cuadro ya que jamás encontraría ese lugar que buscaba.

 

Ese cuadro cuelga hoy en la pared de mi casa y en mis interminables noches de insomnio, busco algún punto de referencia que me permita encontrar en los mapas que inundan mi mesa dónde está esa tierra huidiza que se me escapa entre los dedos como si fuera arena. Si encuentro ese punto mi maldición terminará. Estoy seguro.

 

Recuérdame soy alquibla el navegante.

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